La confianza

Hay algo bonito en el rostro de una persona que confía. Hay paz. Sonríe de forma apacible y sus ojos ven cuando miran. Confiar en uno mismo es una tarea ardua para la mayoría de las personas. Especialmente para las que han crecido aspirando al perfeccionismo. El perfeccionismo nos vuelve exigentes hasta la tiranía. Somos humanos. Confiar no es ser perfecto. Esa meta no se alcanza nunca. Confiar es ser y dejarnos ser humanos. Por eso cuando alguien confía en sí mismo, su rostro refleja paz. Porque ha dejado de pelearse y batallar consigo mismo. Porque ha dejado de tiranizar su vida: tolera sus errores, aprecia sus logros y deja de aspirar a lo inalcanzable. Somos más amables cuando confiamos.

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