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Decidir el movimiento

16 Apr 2017

De niña me gustaba hacer puzzles. Pasaba horas en mi habitación intentando averiguar cómo encajaban las piezas. Lo hacía sola, en silencio, hasta que mi madre venía para saber que estaba haciendo.

Creo que me he pasado la vida entera haciendo puzzles. Las piezas que ahora intento encajar no están dispersas en ninguna caja, ni tienen una foto de referencia. Ahora, es más complejo, porque se trata de la vida. Ahí, las piezas son infinitas, y la imagen de referencia a menudo no existe en ningún lugar, salvo dentro de mí.

 

Así es como comprendo las decisiones. La observación atenta de un entramado infinito de piezas- de variables- que no puedo ni podré abarcar nunca y que, sin embargo, van encajando unas con otras. A veces, encajan de manera armónica y fluida, otras, se atascan o terminan desechadas. Sea como sea, la imagen se va conformando, va cambiando, y su tendencia siempre es la misma:  encontrar el lugar que corresponde a cada pieza. La única pista confiable que he encontrado con los años para saber cuál es ese lugar, es la sensación de paz que aparece después de encajarla.

 

Este puzzle inmenso que es nuestra vida, nos invita constantemente a tomar decisiones. Y lo hacemos. Muchas son fáciles, son piezas claras, pequeñas, sencillas, que encajan sin generar mucho impacto en el entramado mayor. Otras, nos cuestan más. Decimos que son decisiones difíciles. Son las que alteran ese entramado de piezas, lo impactan, y pueden transformar la imagen completa de manera significativa. Esas decisiones son, a menudo, las que tienen que ver con, por lo menos, dos cosas clave en nuestra vida: Nuestras relaciones y nuestro propósito.

Creo que ambas nos llevan a entrar en una mezcla de emociones, juicios, y sensaciones que nos cuesta manejar con liviandad. Creo también, que equivocamos a menudo el enfoque.


El Juicio que hacemos.

Pensamos nuestras decisiones más importantes en términos de acierto y error, en términos de correcto e incorrecto. Es nuestra herencia judeocristiana la que nos lleva al juicio y a la culpa.

Es posible que las consecuencias de nuestras decisiones nos lleven a percibir error, incluso a juzgar que esa no fue la decisión correcta. Sin embargo, si lo miramos bien, esa decisión que hemos tomado, es la que hemos sido capaces de tomar. Nuestra habilidad actual, nuestro desarrollo, nos ha permitido tomar esa decisión y no otra. Si fuéramos más hábiles en muchos aspectos, quizás hubiéramos elegido diferente, pero hoy, hemos sido capaces de elegir así. Eso, desde mi punto de vista, no es un error. Un error sería sabernos capaces de algo mejor y no haberlo hecho. Hoy, hemos hecho y decidido lo que podíamos hacer, nos guste o no.

Por ese motivo, juzgarnos en términos de acierto y error no nos sirve. Sólo nos contrae, nos bloquea y nos impide aprender. La culpa nos lo impide.

En lugar de aspirar a la decisión correcta, deberíamos buscar la decisión que da sentido y coherencia a nuestra imagen interna. Y si en esta ocasión no lo hemos logrado, revisemos y aprendamos algo. Seguramente la próxima vez, encajemos la pieza con más fluidez.

 

Podemos preguntarnos: Puesto que esta decisión que tomo, es un movimiento que hago. ¿Este movimiento configura mi imagen interna de una forma más armónica o, por el contrario, la distorsiona más?

El alcance de la decisión.

Otro aspecto que revisar, es el alcance que damos a la decisión. A menudo miramos demasiado pequeño, el momento, el detalle, y, aunque es necesario a veces concentrarse en aspectos prácticos y muy concretos, no podemos sólo quedarnos ahí. No podemos perder de vista, que ese hecho, esa acción, va a suceder en un marco mayor. En un tiempo y espacio más amplios.

Cuando perdemos de vista la foto completa, nos angustiamos. Los hechos pequeños toman una relevancia inmensa, cuando en realidad, no son tan trascendentes como pensamos. Pueden ser importantes, pueden ser necesarios, pero casi nunca son determinantes.

 

La tensión emocional.

A veces, la dificultad la traen las emociones. Esas benditas señales que nos alertan de cosas tan importantes como lo que amamos, lo que tememos o lo que despreciamos. A veces, nos desbordan, nos dejan inmersos en un caos cargado de dudas. Aun con eso, no deberíamos pelearnos con lo que sentimos. Deberíamos escucharlo, con distancia y con templanza. Si tengo miedo, ¿Qué es lo que temo? Si siento tristeza ¿Qué me apena? Si siento deseo ¿Qué anhelo?. Deberíamos dar la bienvenida a cada sentimiento y escucharlo con aprecio hasta comprender a qué a venido, a contarnos qué cosas. Es la única forma de avanzar. Comprender que sentimos cosas, compartirlas incluso, y aceptar que no han venido a bloquearnos, sino a facilitarnos el movimiento. ¿En qué dirección?. Si siento miedo, quizás deba comprender que soy vulnerable en esta situación y necesito contar con el apoyo de mi gente. Si siento miedo y lo comparto, podré contar con ese apoyo y, lo más probable, es que el miedo, aunque no desaparezca del todo, se mitigue. Quizás me corresponda avanzar con ese miedo, porque ha venido a avisarme, de que hay cosas que me importan, y que quiero cuidar. El miedo no llega para dejarnos parados, llega para advertirnos de las cosas que merecen nuestro cuidado.

 

El dinamismo y la inmovilidad.

Este puzzle que vamos conformando, repleto de piezas, está vivo, es dinámico y se transforma. Nunca se queda quieto. Por eso, tampoco deberíamos pensar en las decisiones como hechos definitivos e inamovibles. Puede que algunas permanezcan en el tiempo sin apenas movimiento, sin embargo, siempre serán susceptibles de un pequeño giro. Somos tan determinantes a veces. Es cierto, algunas decisiones son drásticas, terribles, y pueden incluso romper esa imagen interna para siempre. Pero casi nunca termina ahí. Si seguimos vivos, seguimos construyendo ese puzzle una y otra vez.

 

La vida es implacable, sigue su curso sí o sí, y nos traerá circunstancias que ni imaginamos en este momento. No somos tan poderosos como para elegir cada suceso. Lo único que podemos hacer, es tomar lo que aparece, y elegir dónde colocarnos en relación a ello. Si nuestra postura es respetuosa con la vida, tarde o temprano lograremos tomar una nueva decisión. Una decisión que produzca un movimiento amable y armonice de nuevo las piezas. Nunca tendremos un puzzle perfecto, no existen las circunstancias ni las decisiones ideales; o quizás sí. Quizás la que hoy juzgamos como una decisión difícil, es precisamente la que nos va a permitir construir lo mejor en nuestra vida: ser fieles a esa imagen interna y seguir completándola con cariño y a consciencia. Contribuimos con cada paso a una realidad mayor, una realidad que va mucho más allá de nosotros mismos. Somos ese granito de arena necesario.

 

Aunque no quieras moverte, estás en movimiento. Cada decisión, es una acción. Cada acción, es una pieza más en ese puzzle que completamos todos.

Foto: Joan AiP Foto "De la decisió"

 

 

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