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Las buenas conversaciones

27 Jan 2017

 

Claridad y sencillez, esas son para mi las palabras clave. Di lo que quieres decir, a quien quieras decírselo. Dilo claro y sencillo. Sin palabras de más. Sin rodeos que protejan tus miedos. Sin silenciar la verdad. Dilo. Al fin y al cabo, ¿qué podrías perder?

Demasiado a menudo nos complicamos la vida y las relaciones. Hablamos mucho pero no decimos nada. Por lo menos no lo que realmente buscamos decir. Y en ese "no decir", perdemos cosas; cosas realmente valiosas: la comprensión de alguien que nos importa, el respeto de alguien con quien trabajamos, el apoyo que necesitamos o la oportunidad de agradecer.

Cuando no decimos lo que necesitamos decir, hay una verdad que se nos escapa, la dejamos perder, para mi y para el otro. Y entonces ¿en qué se convierte nuestra realidad?

 

Los que me conocen bien,  saben que soy amante de la precisión en las palabras. Por la cantidad en su uso, y por su significado en la elección. Pon las palabras que necesitas poner, ni más, ni menos, y asegúrate, de utilizar aquellas que aportan el significado real de lo que quieres transmitir. Persuadir no es lo mismo que convencer, ni inspirar es lo mismo que empujar. Algunos consultores han sufrido mi amor por la precisión, cuando han elegido supervisar conmigo sus proyectos y, cómo no, muchos clientes han terminado revisando sus mensajes confusos, hasta encontrar "la verdad" de lo que querían decir.

 

Nuestras conversaciones son la clave. De eso estoy convencida. En algunos casos, porque no las tenemos. En otros, porque las manejamos mal. Y en ambos, porque el mensaje no llega.

 

Con todo esto, no pretendo inspirar a nadie a la verborrea indiscriminada, carente de respeto y de criterio. No se trata de hablar sin filtros como lo haría un niño, inconsciente aún del impacto de sus palabras. No es esa sinceridad la que busco. Hablo de decir la verdad que muchas veces acallamos, para los otros, y para nosotros mismos también. Es esa verdad a veces incómoda, que nos persigue si no la atendemos. Las verdades no dichas, reclaman su espacio. Si no les damos un canal, si no las escuchamos, buscaran la forma de salir. Es entonces cuando nos arrepentimos de nuestras declaraciones explosivas, porque terminan dañando a alguien; es entonces cuando una contractura se nos instala en algún rincón del cuerpo, para pedirnos que dejemos de contenernos.

 

Creo que es vital que aprendamos a tener buenas conversaciones. Es vital para nuestra cordura y es vital para nuestras relaciones. Tenerlas nos evitaría muchos quebraderos de cabeza y haría nuestra vida más liviana.

 

Para empezar a caminar en esa dirección, utilicemos la habilidad más importante en esto de comunicarnos: escuchemos. El mensaje que queremos dar ya está construido, en nuestra cabeza o en nuestro corazón. Quizás no nos hemos dado cuenta, pero está ahí. Si lo escuchamos primero nosotros, podremos decirlo y, sólo de esta forma, podrá conocerlo también la persona a la que va dirigido.

 

Así pues, escucha: ¿QUÉ es lo que realmente quieres decir? 

Esta es la primera de cuatro preguntas esenciales. Cuatro preguntas que necesitamos responder, antes de sostener cualquier conversación mínimamente importante. Se trata de reconocer lo que queremos decir, sin trabas, sin filtros, aunque nuestra fragilidad se exponga o cuestionemos lo establecido. Algunos "ques" son tan impactantes, que el simple hecho de verbalizarlos, ya resulta una liberación para quien los expresa. Otros, son más fáciles, pero no por ello menos importantes.

 

Segunda pregunta esencial: ¿A QUIÉN se lo quieres decir?

Ten cuidado, elige bien tu interlocutor. Asegúrate de que es esta y no otra la persona con la que necesitas hablar. ¿Cuántas veces has terminado una conversación para darte cuenta de que, esta,  no era la persona indicada con quien conversar? Cuando equivocamos el quien, es como lanzar nuestros mensajes al vacío. No sirven. Cuando acertamos el quien, empieza el movimiento. Empieza la conversación.

 

La tercera pregunta es clave: ¿PARA QUÉ quieres decir eso?

Fíjate bien; la pregunta es "para qué", no "por qué". Si tu respuesta está plagada de justificaciones o argumentos en pasado, no estás respondiendo al "para qué" sino al "porqué". No se trata de buscar motivos para decir lo que queremos decir, sino de tener claro el objetivo. Lo que vas a decir lo dices para que ocurra algo ¿Qué es?

 

Y la cuarta pregunta: ¿CÓMO lo quieres decir?

Podemos elegir muchos formatos, sin embargo, en todos deberían estar incluidas estas premisas: Sencillo, claro y directo. Además, quizás quieras ser cuidadoso, o firme y rotundo. Sea como sea, dilo sencillo, dilo, claro y dilo directo.

No hay nada peor en un discurso, que las frases interminables y las palabras incomprensibles. Estas dos características, abundan entre las personas que asocian su imagen y su estatus, a un lenguaje críptico y a las frases subordinadas. Es una lástima que no nos enseñaran en la escuela, que la virtud está en la sencillez. Creemos que lo sencillo es simple, y en realidad, no hay nada más complicado.

 

Si podemos responder a estas cuatro preguntas, estaremos mucho más preparados para sostener una conversación útil, clara y honesta. Si alguna de estas cuatro preguntas nos genera confusión, quizás debamos darnos un tiempo. Todavía no ha llegado el momento de conversar.

 

Sabremos que nuestra conversación funciona porque fluirá con naturalidad, porque estemos o no de acuerdo, podrá haber comprensión. Aunque muchas veces nos olvidemos, sabemos que es nuestra actitud la que contribuye a que esta danza valga la pena. Si somos claros, si somos sencillos, si somos honestos y respetuosos, tenemos muchas más probabilidades, de que el otro también lo sea.

 

Demasiadas veces, el malestar de las personas con las que trabajo, tiene que ver con lo que querrían decir pero todavía no han dicho. Eso les hace vivir en un mundo plagado de interpretaciones, de malas interpretaciones. Vivir así, nos lleva directos a un sufrimiento innecesario.

 

Creo que merece la pena invertir un poco de tiempo en cuidar nuestras conversaciones. Si lo hacemos, estaremos cuidando también de otras cosas: nuestras relaciones, nuestra autonomía, nuestro tiempo, nuestro trabajo, nuestra calidad de vida. A veces nuestro interlocutor será nuestra pareja, otras nuestro compañero/a, nuestro amigo/a o puede que nuestro hijo/a. Sea quien sea, todos merecen y merecemos, una comunicación clara y sencilla. Con ella, construimos nuestro mundo y, si lo hacemos con buenas conversaciones, quizás contribuyamos a que sea un poquito mejor.

“La autenticidad está estrechamente vinculada a la voz. La palabra “persona” significa en latín “máscara”, y por extensión “personaje teatral”. (...) La persona auténtica puede reconocerse, detrás de la máscara, por el sonido de su voz. La voz es una vía fundamental de autoexpresión, y su cualidad refleja la riqueza y la resonancia del ser interior.”

 

Miedo a la vida

Alexander Lowen

 

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