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Fuera o Dentro

4 Dec 2016

Todos los introvertidos del mundo tienen, por lo menos, una cosa en común: necesitan estar solos. Todos los extrovertidos del mundo tienen también una cosa en común: necesitan actividad con otras personas para estar bien. Todos, seamos introvertidos o extrovertidos, necesitamos ambas cosas ¿Cuál es entonces la diferencia?

 

La fuente de nuestra energía.

La forma en que conseguimos cargar las pilas y, lógicamente, la forma en que nos desgastamos.


El siglo pasado, Carl Gustav Jung, trazó esta distinción: la personas tenemos una de estas dos preferencias, la introversión o la extroversión. Según Jung, nacemos con ellas y las mantenemos a lo largo de toda nuestra vida. Eso significa que, aunque aprendamos a comportarnos de forma diferente, nuestra naturaleza siempre será introvertida o extrovertida. Y, en algunos casos (pocos) ambas cosas.

Desde que Jung lo presentara en su libro Los tipos psicológicos, estos dos conceptos se han introducido de tal modo en la sociedad que, como con la mayoría de las cosas que se vuelven accesibles, terminan algo desvirtuadas por su uso.

Casi todas las personas confunden la introversión con la timidez. Casi todos pensamos también que el extrovertido es alguien sociable y alegre. Son tópicos. Comprensibles, pero tópicos al fin y al cabo.


Trabajo desde hace años con un instrumento: el Myers Briggs Type Indicator. A pesar de mi formación, nunca me gustaron los test y, sin embargo, aposté por este. ¿Por qué? Por primera vez vi, en una herramienta de este tipo, la posibilidad de trabajar con las personas sin etiquetarlas, sin juzgarlas; simplemente mostrando una foto descriptiva sobre cómo prefieren comportarse. Dentro de este cuestionario, la introversión y la extroversión son preferencias definidas por cinco comportamientos cada una. De esta forma, la persona puede identificarse, no con un juicio sobre sí mismo, sino con una forma de hacer, de responder ante las circunstancias. Y, sobre todo, puede reconocerse y reconciliarse con algo que no es bueno ni malo, simplemente es su naturaleza.


Las personas introvertidas necesitan estar solas porque es en ese retiro, en la soledad, donde sienten que pueden recuperar su energía. El contacto permanente con otros les agota. No es que sean antisociales o antipáticos. Les gusta estar con los demás, pero lo disfrutan de verdad si son gente conocida, en grupos más bien reducidos. Se sienten incómodos si tienen que ser el centro de atención y, necesitan tiempo para poder pensar en lo que quieren decir: Son reflexivos. Para un introvertido, salir del trabajo y coger el coche para volver a casa, es tan pesado como lo sería para cualquiera; la diferencia es que, en ese rato, sienten que "por fin" no tendrán que hablar con nadie, ni nadie les hablará. Y eso, después de un día de actividad plenamente social, es un alivio.

 

Las personas extrovertidas necesitan el contacto con los demás para sentirse enérgicas. Aislarse durante horas no sólo les aburre; les agota. Si han trabajado durante toda la mañana concentrados en una tarea, necesitan desesperadamente hablar con alguien, de cualquier cosa, no importa, pero hablar les cargará de nuevo las pilas que han quedado bajo mínimos. Disfrutan compartiendo actividades con los demás, de encuentros donde no conocen a nadie. Pueden ser el alma de la fiesta y sentir que su energía fluye sin fin. y, a pesar de todo, curiosamente, pueden ser tímidos.


Hace un momento hablaba de esta confusión: la timidez y la introversión. A casi todo el mundo le llama la atención que los extrovertidos puedan ser tímidos y que los introvertidos no necesariamente lo sean. Casi todo el mundo se sorprende; menos los extrovertidos tímidos. Y es que, al fin y al cabo, la timidez, sólo es vergüenza. Y eso puede sentirlo cualquiera. Lo que cambia, es la forma en que la manejamos: Introvertidos y extrovertidos se enfrentan ella.

 

Todas estas descripciones no son una foto fija e inamovible. Nada es blanco o negro. Sin embargo, definen con bastante aproximación, la forma en que vamos a preferir comportarnos según seamos introvertidos o extrovertidos.


Según sea nuestra naturaleza, habremos vivido nuestra vida de una forma u otra. Sintiéndonos más o menos adaptados al mundo. La mayoría de introvertidos han crecido creyendo que hacían algo mal. Tiene sentido. Vivimos en un mundo fundamentalmente extrovertido: la imagen, los contactos, la visibilidad, el networking, la capacidad para relacionarse en cualquier ámbito...el mundo nos reclama que seamos hábiles en todas estas cuestiones; cuestiones que para un introvertido son un verdadero desafío. 


El reto es comprender que no hay error en preferir relaciones más cercanas y personales, como tampoco lo hay en la posibilidad de conocer todos los días gente nueva. El problema es que de verdad creamos que, la única forma de mostrarnos atractivos y competentes sea siendo sociables todo el tiempo. 

 

Trabajar con personas durante tantos años me ha permitido ver cosas muy bonitas. El ser humano siempre me ha parecido algo fascinante y, cada grupo de aprendizaje me lo ha demostrado. Es impagable ver como se ilumina la cara de alguien cuando comprende que vale lo suficiente tal y como es. Aunque seamos adultos, veo la sorpresa de un niño cuando un extrovertido comprende que su colega introvertido se siente abrumado si le habla sin parar, o que su pareja, probablemente también introvertida, necesita un ambiente más calmado a su alrededor. Los introvertidos, con su característica reflexión, se quedan meditando a conciencia cuando comprenden cuanto necesita su colega extrovertido que les de su opinión, o cuanto necesita su pareja, probablemente también extrovertida, saber que siente o que piensa. Somos humanos, somos diferentes y fascinantes en esa diferencia. Es una riqueza enorme que podamos ser así y compartirlo. Porque se trata de eso, de comprenderlo y compartirlo. Eso nos hace sumar.

 

En mi caso, como persona claramente introvertida, disfruto de la posibilidad de reflexionar durante horas sobre ideas interesantes. Escribir es un lugar confortable porque puedo pensar antes de hablar y las cenas con mis amigos son el mejor regalo porque sé que me conocen y puedo expresarme a mi manera. Trabajar hablando en público casi todos los días de mi vida, lejos de lo que pueda parecer, no es ninguna tortura, me gusta, lo disfruto, y me divierte comprobar que otras personas pueden sumarse a la conversación que propongo. Sin embargo, también he aprendido, que después de una jornada como esta, necesito retirarme, poner música, conducir sola o caminar. Eso me permite dejar mi energía a niveles saludables.

 

No hay opciones buenas o malas, es la naturaleza humana. Se trata de comprender como somos, comprender también a los otros y sumar. Si tu energía viene de dentro o de fuera, cuídalo, nada más.

Bibliografía

 

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